
“La política en una obra literaria es un tipo de pistola en medio de un concierto, algo grosero pero imposible de ignorar.”
STENDHAL, La Cartuja de Parma
La primera vez que vi a Mariyani, fue también la primera vez que empecé a escuchar de política.
En aquel tiempo, inicios de la década sesentera, la derecha y la izquierda mundiales estaban agarrados de las mechas, igual que ahora.
En las tardes-noches del barrio Vivaceta en Santiago, mi abuelo furibundo defensor franquista, recibía en nuestra casa a un señor alto, italianote, canoso, que llegaba con su nieta Mariyani, a discutir de política entre otras cosas, y él que se desvivía por el finado Mussolini.
Pero para mí desde el primer momento, la entretención tenía un nombre, y aunque no sabía nada del amor, salvo el filial, las estadías en la pieza del planchado, junto a la rubiecita, rodeados por altos de selecciones del Rider”s que mi tío Arturo dejaba amontonadas, mientras los abuelos apuraban un vino tinto de la Isla de Maipo, que le llegaba a mi tata Pedro por encomienda, eran sensacionales, pues ambos nos sentábamos en el suelo a leerlas, entretenidos a rabiar con las fotos, las vívidas aventuras de la Guerra de Corea contadas por los corresponsales de guerra, y los “Increíble pero Cierto”, que todavía se pueden leer en las ediciones modernas.
De repente me levantaba al baño, y al mirar por la ventana veía pasar Chevrolets , Fords, Plymouths, y demás autos americanos típicos de esos años, que ambientaban la escena como una película hollywoodense, y protagonizadas por Gregory Peck, Clark Gable, o la Marylin Monroe.
De repente, chico y todo, me imaginaba actuando de jovencito en una de vaqueros, y rescatando a la Mariyani prisionera de los indios, pero los guiños idiomáticos del bachicha y el gachoo de mi tata, me traían a la tierra de un porrazo, concentrándome de nuevo con mi amiguita, en nuestras lecturas infantiles, hasta que llegaba la hora del adiós, en que salíamos con el Tata a dejarlos a la puerta de calle, donde un taxista nómade y nocturno recogía al amigo de “la cosa nostra” como le llamaba mi abuelo, y a la que sería con el correr del tiempo mi primera polola, aunque ni lo adivinábamos, ella y yo. Las despedidas en todo caso, eran con inocentes besos, que deben haber ido allanando el camino creo…
Pasó el tiempo, y el corazón me fue latiendo más de prisa al tan sólo escuchar el nombre de la que ya no venía tan seguido a casa, y encontrarnos en los paseos familiares a la Isla, de donde provenía el mosto, eran una fiesta, que no queríamos acabara jamás.
Ya los viejos abuelos, más viejos, y más nacionalistas y porfiados, ahora coincidían en despotricar contra un iracundo médico y político socialista llamado Salvador Allende, que pugnaba por llegar al poder en nuestro país por segunda vez, y de nuevo las disquisiciones políticas ambientaban besos furtivos, caminatas a la orilla del Río Maipo, y muchos te quieros, que desembocaron en un pololeo debutante y que no he olvidado jamás.
Hoy a cuarenta y cinco años de aquello, vuelvo de ver a mi abuelo en el Cementerio, como cada cumpleaños, y en el kiosco de la esquina de Recoleta con Santos Dumont veo colgada de un perrito unas Selecciones del Rider”s, mientras la radio a pilas del kioskero suelta un discurso de Chávez furibundo.
Sin duda que la política y el amor son una mixtura que no debo desconocer en mi vida, pues la mezcla de sensaciones me trajo veloz a la mente a la Mariyani, madre de un actual diputado de la República, y de la izquierda renovada. (THE END).
Y es que somos lo que vivimos.
ResponderEliminarY todo es la suma de vivencias que al recordarlas nos traen a la mente otras nuevas.
Me adhiero a esta aventura con el propósito de aprender y de crecer.
Besos